Aunque antes el pecado tenía poder sobre nosotros, ahora se nos ha dado poder sobre el pecado. Como dijo Pablo, “el pecado no se enseñoreará de ustedes, ya que no están bajo la ley sino bajo la gracia” (Rom 6.14).
“Libertados del pecado, han sido hechos (por Dios) siervos de la justicia” (Rom 6.18).
No hay duda que hemos sido liberados del poder, dominio y las garras del pecado.
“Ahora están libres del pecado y son siervos de Dios, tienen como su recompensa la santificación que conduce a la vida eterna” (Rom 6.22).
No debe abundar el pecado dentro del pueblo de Dios, porque en Jesús tenemos victoria sobre el pecado. ¿Por qué entonces el pueblo de Dios sigue pecando? Por varias razones, pero las principales son
1. Escogen pecar. Por una parte, se han conformado con vivir sin el poder del Espíritu de Dios para satisfacer su vida. Por otra disfrutan demasiado del pecado como para someterse al señorío de Cristo que los libera.
2. Nunca se les ha enseñado claramente la verdad acerca del triunfo de Cristo y lo que significa hacerle Señor. Satán todavía tiene el poder de engañar, y los que ignoran la verdad son víctimas indefensas ante el poder de la mentira. Mientras ellos se mantengan alejados de la verdad, Satán puede mantenerlos en sus cadenas imaginarias, luchando una batalla imaginaria. La realidad es la verdad: han sido liberados del poder del pecado.
En la cruz Cristo venció el poder del pecado, por lo tanto los que están en Cristo también vencieron. La resurrección no es una doctrina, sino una realidad para ser vivida. Es la prueba de la victoria de Cristo sobre el pecado y nuestra esperanza de salvación. Así como Cristo resucitó a una nueva vida, nosotros experimentamos una nueva vida en Él. La realidad de la resurrección nos permite ver y experimentar lo que otros no pueden, el poder de una vida nueva.
“Pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, les dé espíritu de sabiduría y de revelación en el pleno conocimiento de él; habiendo sido iluminados los ojos de su entendimiento para que conozcan cuál es la esperanza a la que los ha llamado, cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la inmensurable grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, conforme a la operación del dominio de su fuerza. Dios la ejerció en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a su diestra en los lugares celestiales, por encima de todo principado, autoridad, poder, señorío y todo nombre que sea nombrado, no solo en esta edad sino también en la venidera” (Ef 1.17-21)

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