La Salvación

La Salvación

¿Qué es la salvación?

La salvación, desde la perspectiva paulina, es un proceso dinámico y transformador, no un acontecimiento único como el hacer la oración del pecador o el un día haber levantado la mano para recibir a Cristo. Este proceso implica un aspecto personal y un aspecto gregario (comunitario). La salvación está profundamente arraigada en Jesucristo: su vida, muerte y resurrección.

¿Qué es ser salvo? Ser salvo es crecer a la semejanza de Cristo y compartir sus sufrimientos, con el objetivo de participar en su resurrección (Fil 3.10). El poder de la resurrección de Cristo no sólo se manifiesta en la esperanza futura, sino que incluye la realidad presente de participar en sus sufrimientos. Es el camino transformador de parecerse más y más a Cristo.

La salvación es por naturaleza un proceso contínuo que incluye la justificación, la santificación y la glorificación. Este proceso se caracteriza por una continua transformación moral y obediencia a Dios, impulsada por el Espíritu Santo, en que los creyentes van siendo conformado progresivamente a la imagen de Cristo. Esta transformación además de personal, es comunitaria. La persona entra a ser parte del cuerpo de Cristo. En este aspecto, la salvación tiene una participación colectiva importante.

La fe es el medio a través del cual las personas responden al mensaje del evangelio y experimentan las bendiciones que ofrece. Esta confianza es fundamental y se manifiesta a través de las buenas obras y la obediencia a la ley de Dios. La fe no es estática. La relación con Dios debe mantenerse toda la vida hasta la redención final.

La salvación es de naturaleza dinámica. Es un proceso de transformación que requiere fe, obediencia y determinación moral continuamente, siendo fortalecido y guiado por el Espíritu. En la experiencia diaria, por tanto, no es un evento terminado, sino que espera su plena manifestación en el futuro. Tiene un aspecto paradójico, por una parte el creyente puede participar ya de la vida resucitada por medio del Espíritu, y por otra espera la consumación final de esta salvación que será en la resurrección del cuerpo. Esta tensión entre el “ya” y el “todavía no” es una realidad de vida cristiana. La salvación requiere la participación activa y la perseverancia en la fe. En Filipenses 2:12, Pablo anima a los creyentes a ocuparse en su propia salvación con temor y temblor, lo cual indica la necesidad del esfuerzo y compromiso constante de la vida cristiana. Observando el pensamiento judío del Segundo Templo y de la teología paulina notamos la importancia el concepto de la obediencia y la fidelidad en el contexto de la gracia de Dios. La salvación, por tanto, se entiende dentro de la relación dinámica entre la gracia de Dios, que inicia y sostiene la relación y la respuesta humana de fidelidad y obediencia.

Esta aventura maravillosa de caminar por fe, es el proceso donde somos transformados a la semejanza de Cristo, en lo individual y en lo congregacional. En resumen, la salvación comienza con la fe en Cristo y se desarrolla a diario como un estilo de vida transformacional donde la persona es moldeada a la imagen de Cristo a medida que cede al poder del Espíritu Santo. El aspecto continuo y transformador de la salvación muestra que la perseverancia en la fe y la obediencia son esenciales en el camino cristiano. Esto va más allá de una simple fórmula de salvo o no salvo. Lo que vemos en el NT concentra cambio en el crecimiento continuo del creyente hacia la madurez en Cristo (la semejanza de Cristo).

 

¿Y qué de aquellos que se apartan del Señor?

No tenemos dificultades en entender aquellos casos donde personas aparentemente fieles se han apartado del Señor. Tanto las Escrituras como nuestra experiencia nos muestran que a menudo nos equivocamos al juzgar a los demás; en ocasiones resulta casi imposible saber si realmente son creyentes genuinos. La cizaña nunca fue trigo, aunque su verdadera naturaleza no haya sido detectada inicialmente. Siendo que Satanás puede disfrazarse de ángel de luz (2 Corintios 11:14), no debería sorprendernos que sus seguidores a veces aparezcan como ministros, engañando con apariencias de santidad, devoción, y fervor. Obviamente, una mera profesión de fe no garantiza la salvación de una persona. Algunas personas, aparentan lo que no son y engañan a muchos. Jesús advirtió a sus discípulos que surgirían falsos Cristos y falsos profetas, realizando grandes señales para engañar, si fuera posible, incluso a los elegidos (Mateo 24:24). Él citó al profeta Isaías, quien dijo: “Este pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí. En vano me adoran, enseñando doctrinas que son preceptos de hombres” (Marcos 7:6-7). Pablo alertó acerca de los “apóstoles falsos, obreros engañosos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo” (2 Corintios 11:13). Juan menciona a aquellos que “dicen ser apóstoles pero no lo son” (Apocalipsis 2:2) y agrega que hay quienes “tienen fama de estar vivos, pero están muertos” (Apocalipsis 3:1). Hay personas que hacen grandes manifestaciones de fe sin conocer verdaderamente a Dios. Estas personas pueden tener conocimiento teológico pero nunca han experimentado la renovación del corazón. En el día del juicio, algunos dirán: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre…?” a lo que el Señor responderá: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:22-23), lo cual no sería cierto si alguna vez el Señor los hubiera conocido como verdaderos creyentes. Al revelarse el verdadero carácter de cada persona y los secretos de todos los corazones, quedará claro que algunos que parecían verdaderos nunca fueron parte del pueblo de Dios.

Entendiendo la salvación como un proceso dinámico no debemos desalentarnos al ver aquellos que por un tiempo parecen apartarse. Nuestra salvación no se sustenta en nuestro fluctuante y frágil amor hacia Dios, sino en su amor eterno e inquebrantable hacia nosotros, lo cual nos proporciona paz y certeza. Un verdadero creyente se sabe plenamente seguro en las manos de Dios, experimentando una paz y seguridad interior, consciente de haber sido elegido para la santificación y la gloria, y confiado en que nada puede desviar ese destino. Está convencido de que el poder que lo protege es inagotable y constante. Así que pongamos todo nuestro corazón en esta vida con Dios la cual no terminará ni con la muerte.

“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom 8:35-39).

“Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil 1:6). “Jehová cumplirá su propósito en mí” (Sal 138:8). “Y este es el
testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo” (1 Jn 5:11). “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Jn 5:13). “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Heb 10:14). “Y el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial” (2 Ti 4:18).

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