El amor, en el sentido cristiano, no es un sentimiento. Es un estado de la voluntad, no de los sentimientos. Es ese estado de la voluntad, que tenemos generalmente de nosotros mismos y que debemos aprender a tener de otras personas.
Una persona normal tiene amor propio. El hecho que nos amemos a nosotros mismos no significa que nos gustemos a nosotros mismos sino que deseamos nuestro propio bien. De la misma manera, el amor por nuestro prójimo es muy diferente al gusto o afecto natural. “Nos gusta” o somos “aficionados” a ciertas personas, y no a otras. Este “gusto o afición” natural no es pecado ni virtud, como tampoco lo es el tipo de sabor que prefiere de helado, lo que le gusta y no le gusta. Estas cosas no son pecado ni virtud. Son preferencias personales. Claro que si nos gusta alguien va a ser más fácil actuar en amor hacia esa persona.
Siendo que amar es un mandamiento expreso de Cristo nuestro Señor, no pierdas el tiempo pensando si “amas” a tu prójimo o no, más bien actúa como si lo amaras. Tan pronto como hagas esto, encontrarás uno de los más grandes secretos de Cristo.
Cuando por amor a Cristo, no por hipocresía, te comportas como si amaras a alguien, llegarás a amarlo, porque el Espíritu de Cristo te da poder para hacerlo.
Por regla general, si lastimas a alguien que no te agrada, va a pasar que te desagradará más. Si haces un buen gesto hacia esa persona, la ayudas, te desagradará menos, comenzará a caerte bien.
Cada vez que hacemos un bien a otra persona deseando su propia felicidad como la nuestra, habremos aprendido a amarla un poco más, o al menos, nos desagradará menos.
Alguien interesado pregunta: ¿cómo puedo amar a Dios? No puedo encontrar ese sentimiento en mí. ¿Qué debo hacer?
Actúa como si lo amaras. No esperes a fabricar sentimientos de amor. Hazte esta pregunta: “Si estuviera seguro de que amo a Dios, ¿qué haría?” Cuando tengas la respuesta, ve y hazlo.
El amor, en el sentido cristiano, es un estado de la voluntad, mas no de los sentimientos.
AMAR = DAR VALOR

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