Los romanos tenían un panteón de dioses que adoraban. Ellos practicaban una mezcla de patriotismo con religión y una vez al año se inclinaban ante una imagen del emperador romano de turno y lo llamaban dios. Lo que tenían que decir era: “César es el Señor” sólo una vez al año para salvar sus vidas de la muerte, pero los cristianos solo podían decir: “Jesús es el Señor”, por lo que la fe cristiana les costó la vida a cientos de miles de hermanos.
Este martirio duró más de 300 años hasta que Constantino llegó al poder en el 306 d.C. Como los cristianos tenían un comportamiento diferente del resto de la gente, los romanos le pusieron un nombre “ateos”. Hoy llamamos “atea” a una persona que no cree en Dios, pero en aquellos tiempos llamaban ateo a quien que no creía en el panteón de dioses romanos.
Miles de cristianos perdieron sus vidas por causa de confesar a Cristo como Señor. Hoy muchos creyentes son mal instruídos a asegurar a una persona que es salva porque él o ella oró la oración de fe y confesó el nombre de Cristo. Hoy confesar es muy fácil, significa más bien “decir”, no implica entregar la vida como Pablo les escribió a los cristianos de Roma, “si confesares con tu boca que Jesús es el Señor” Rom 10.9,10. Porque si confesaban con su boca que Jesús era el Señor los mataban.
¿Cuántos quedarían hoy en la iglesia si volviera esta persecución sobre los cristianos?
¿Cuántos están dispuestos a morir por su fe en Cristo?
Mejor dicho, ¿cómo puede alguien pensar que morirá por Cristo cuando no es capaz de morir a sí mismo(a) para perdonar a otra persona que le ha dañado?
Confesar a Cristo durante esos tiempos difíciles no significaba simplemente “dar testimonio”, significaba morir por su fe.
Sin embargo, había algo muy único en estos mártires cristianos que con el tiempo impactó el corazón de Roma. Esta gente iba a la muerte orando y perdonando a sus perseguidores, torturadores y secuestradores.
Las oraciones de los mártires cristianos comenzaron a tener un profundo efecto en sus torturadores. Ellos no odiaban a sus carceleros ni al soldado romano que le quitó la vida a sus hijos e hijas sino que oraban por ellos.
¿Le parece insólito? Es historia, es real, es el poder del amor del Espíritu de Cristo.
Lentamente el corazón de todo un imperio fue cambiando hacia el cristianismo. Los mártires cristianos marchaban a la muerte amando a sus verdugos. Fue en este mundo donde se escuchó por primera vez la historia de amor de San Valentín.
Valentín fue un obispo cristiano de Interamna, una ciudad al norte de Roma, durante este período de opresión.
El emperador Claudio, llamado el Cruel, estaba teniendo dificultades para reclutar hombres que se unieran a sus campañas militares y creía que la razón era que los hombres romanos no estaban dispuestos a dejar sus esposas ni familias. Por tanto, Claudio canceló todos los matrimonios y compromisos en Roma. Nadie se casa, se junta ni se apareja.
El obispo Valentín, contrario a los decretos de Claudio, afirmaba que las personas eran libres de amar a Dios y casarse, así que abría sus puertas a las parejas jóvenes y realizaba servicios de matrimonio en secreto y casó a las parejas.
Valentín fue finalmente capturado por el emperador romano quien vio que este hombre tenía convicción y una fuerza moral insuperable entre sus hombres. El emperador Claudio intentó persuadir a Valentín para que abandonara su fe y sirviera al imperio y a los dioses romanos. A cambio, Claudio lo perdonaría y lo convertiría en uno de sus principales aliados, con todo el poder y los privilegios que el emperador podía darle.
A pesar de todas las ofertas de riqueza, fama y poder el obispo Valentín no renunció a Cristo. Por esta causa, el emperador lo sentenció a 3 ejecuciones. Primero, Valentín sería golpeado, luego apedreado y finalmente decapitado.
Durante su encarcelamiento Valentín se hizo de una nueva amiga que comenzó a visitarlo, era Asteria, la hija ciega de su carcelero. Valentín oró para que Asteria recibiera la vista y Dios respondió a su oración. La muchacha ciega recuperó la vista. Después del milagro, Valentín y Asteria se enamoraron. El día que iba a morir, Valentín le escribió una pequeña nota de Asteria agradeciéndole su amor y amistad. Firmó la nota con estas palabras: “Con amor de tu Valentín”.
El obispo Valentín fue martirizado el 14 de febrero del año 270 d.C.

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