Todas las parábolas de Cristo tienen el tema común de la responsabilidad.
Al grado que aceptemos nuestra responsabilidad experimentaremos verdadera libertad.
No hay libertad sin aceptación de responsabilidad.
En ocasiones somos presa de nuestros propias emociones y decimos: como no lo siento no lo hago. Esto es una trampa para el alma.
Gn 4.6-7 “el Señor dijo a Caín: ¿Por qué estás enojado, y por qué ha caído tu semblante? Si haces bien, ¿no serás aceptado?”
Aquí está el principio de vida: si haces bien, te vas a sentir bien. Para sentirse bien hay que comportarse bien, actuar bien.
Hacer bien siente bien.
La llave de acceso de los recursos y vida del Reino de los cielos está en la parábola del mercader de perlas (Mt 13.44-46). El Reino es percibido sólo por los buscadores.
Nadie camina con Dios si otras cosas le satisfacen más que Él. Vivamos nuestra vida en obediencia a sus intrucciones para la vida (los mandamientos divinos).
Nosotros escogemos la calidad de vida que queremos vivir. Lamentablemente hemos decidido cómo vivir la vida cristiana y en qué términos vivirla, hemos decidido qué nivel de relación con Dios vamos a experimentar, en vez de reconocer que ya Dios ha establecido cómo vivirla (en amor) y en base a qué tomar decisiones en para experimentar el Reino (fe y no temor).
En la parábola de los talentos, Mt 25.14-30, nuestro Señor enseña que el Reino es semejante a un hombre que antes de irse de viaje, les confió dinero a sus siervos. Uno de los siervos escondió su talento.
Así hay personas que por miedo nunca llegan a ser la persona que desean ser, nunca desarrollan sus habilidades ¿por qué? porque muy adentro tienen un mal concepto de Dios.
Ese siervo hace según piensa: (Mt 25.24,25) “dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo.”
El concepto que uno tenga de Dios es lo que determina cómo vamos usar, disfrutar y multiplicar los talentos personales. No es Dios quien impide que nos desarrollemos, somos nosotros con nuestros miedos provenientes de un concepto erróneo de Dios los que arruinamos nuestras propias vidas.
¿Cuál es el propósito de vivir?
Si usted muriera hoy: ¿cómo sería recordado?
¿Cuáles son las virtudes que le han hecho triunfar y cuáles debilidades le han hecho fracasar?
¿Qué le está frenando en convertirse en la persona que usted anhela ser?
El Reino es abundante en dar a cada uno según su capacidad (Mt 25.15).

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