Todos hemos sentido miedo en más de una ocasión.
Hay muchos factores que alimentan el miedo. La fuente más común de nuestros miedos está en lo que pensamos.
Como cada semilla produce según su género, el pensamiento creado en nuestras mentes producirá las emociones correspondientes.
Los pensamientos positivos producen optimismo y los negativos producen pesimismo. Los pensamientos amorosos producen sentimientos de seguridad.
Los pensamientos ansiosos producen miedo.
Cuando decidimos tener pensamientos negativos y de miedo entramos en un ciclo que puede convertirse en un patrón de vida. Lo asimilamos como si fuera parte nuestra, como si todo el mundo tuviera que sentir lo mismo y pasar lo mismo.
Gracias a Dios no es así.
Una causa bíblica para la aparición de los miedos es una conciencia culpable. No importa si la culpabilidad proviene de haber hecho algo realmente malo o simplemente por no andar en amor (“el que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado” Stg 4.17).
Nuestro corazón nos condena cuando violamos nuestras conciencias. Entonces comenzamos a esperar que nos ocurran cosas malas de Dios (castigo) y de las personas (maltrato). Así nos ponemos prevenidos.
Una conciencia culpable altera la percepción de quién es verdaderamente Dios, quién es uno mismo y cómo se ven las demás personas. Una conciencia culpable puede conducir a la paranoia. Lo que pasa es que tendemos a proyectar nuestros miedos internos en los demás. Así nos volvemos sospechosos y críticos. Creemos que los de afuera son la causa de nuestro miedo de adentro.
Mantener una conciencia limpia y sana es la manera de proteger nuestros corazones. Cuando la conciencia está sana y pura, la persona puede escuchar la voz de Dios que expresa su amor, que lo saca del peligro y consuela en los momentos difíciles.
“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi poder.”
Is 41.10

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