Me sorprende cómo Cristo no eligió a los intelectuales de su época, los escribas y fariseos, para revelar los planes divinos y llevar a cabo la obra de Dios en la tierra. Sin lugar a dudas los escribas y fariseos poseían una gran ventaja de conocimiento exquisito de las Escrituras y una cultura rica cultivada durante cientos de generaciones. Sin embargo, el orgullo de ellos impedía que Cristo los considerara para la obra del Reino de Dios porque la autosuficiencia es una cárcel intelectual de la cual no estaban dispuestos a salir.
Cristo llamaba sólo a aquellos que como niños, tenían una actitud abierta, sin preconcepciones, dogmas, estigmas y sobre todo una gran disposición de aprender. Cristo buscaba vasos nuevos para su vino nuevo.
Quiero animar a aquellos que se miran como simples pescadores, hombres y mujeres sin pulido estudio académico, a considerar su condición como una gran oportunidad para extenderse sin límites. El sencillo tiene mente abierta, espíritu libre mezclado con ansias de esperanza. El dogmático académico ya decidió que su mundo ha de ser como lo ha concebido cerrándose así a toda posibilidad de transformación personal. Tal es la tiranía de la comodidad intelectual.
Cristo buscó personas aparentemente descalificadas, sedientas, incómodas con su estado actual. Él llamó a incultos pescadores y a un incómodo recaudador de impuestos. Ellos respondieron a su llamado sin excusas ni pretextos y se dispusieron a caminar con el Señor de la vida. Les decía a sus discípulos que miraran cómo Él vivía, cómo se conducía y que lo usaran como modelo para sus propias vidas, Cristo les decía “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11.29).
Nunca es tarde para aprender a vivir, y hay que saber vivir porque morirse lo sabe todo el mundo.
A los judíos de su tiempo, Cristo les dice “Examináis las Escrituras porque vosotros pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida.” (Jn 5.39-40).
Los judíos pensaban que eran las Escrituras las que les daban vida eterna, Jesús los corrige y les afirma que sólo Él les puede dar vida eterna.
Cristo no dijo que si las personas obedecían reglas de comportamiento religioso tendrían vida eterna, sino que concentró el misterio de la vida eterna en sí mismo. Jesús dijo que aquellos que creyesen en él, asimilaran su vida y la incorporaran a la suya tendrían vida eterna.
Cristo no les hablaba de una nueva religión, ni tampoco de una secta dentro del judaísmo. Cristo les hablaba de sí mismo, de su vida y del poder que su vida contenía.
“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.” (Jn 14.6)
Esta afirmación es seria y desafiante.
Los escribas y fariseos entendieron muy bien el significado de estas palabras y quedaron profundamente perturbados.
Ninguno de sus profetas en todos los siglos anteriores, ni su mayor profeta Moisés, se atrevió jamás a afirmar lo que aquel carpintero de Nazaret afirmó de sí mismo.
¿Qué hombre es este?

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